EL SER Y LOS OTROS: SHOW OFF Y EMPATÍA

Todos necesitamos del reconocimiento de los otros como parte de
nuestra autovaloración y bienestar. Lo notable es que, si una persona no
ha recibido durante su infancia una respuesta empática –a través de la
mirada de los adultos y el reconocimiento de su originalidad individual,
por ejemplo– esto no solo dañará su propia capacidad de empatizar con
otros, sino que generará también una extrema avidez por obtener grandes
dosis de empatía por parte del entorno actual, de la que dependerá como
de una droga a lo largo de toda la vida.
Recuerdo la anécdota de
un actor teatral muy exitoso que se había hecho tan dependiente del
reconocimiento que ya no toleraba la menor fisura en su vivencia de
triunfo absoluto. Un día pudo expresarlo de este modo: “Veo la sala
colmada de público y me siento poderoso. Pero si de repente registro una
sola butaca vacía, es como un agujero negro que me traga y ya todo
pierde sentido”.
Sin embargo, en determinadas circunstancias, todos podemos enfermarnos de adicción al reconocimiento.

En esos momentos buscamos torpe y desesperadamente ser valorados por el
otro, y este reconocimiento forzado se provoca de diferentes maneras,
cada una con sus previsibles consecuencias.
Algunos se muestran
débiles o atormentados. En este caso, se genera un acercamiento, pero
rápidamente el recurso se agota y el otro huye.
Están también los que regalan o auxilian compulsivamente a los otros.
Allí se activan la avidez y voracidad de los demás, la sensación de que
lo que se da nunca es suficiente y el sentimiento de estar siendo
usados. En realidad, es el donante quien usa a los otros como
proveedores empáticos, y al manipularlos con ofrendas genera una
adhesión por interés.
Otros exhiben sin pudor sus propias
cualidades, aptitudes y logros. Si los logros son ficticios o
superficiales, solo provocarán la risa y el ridículo. Pero si son
reales, aparecerán la envidia y los consiguientes ataques agresivos.

Así, resulta que la necesidad compulsiva de empatía se expresa por un
exceso en pedir, dar y mostrar, y se pierde la capacidad de mirar,
intuir, comprender.
En todos los casos, el emisor está
desconociendo o desconsiderando las necesidades del receptor, al que usa
como espejo y no en su complejidad y espesor humano.
Si estas
personas logran comprender lo que les sucede, descubrirán que la única
alternativa ante la propia necesidad empática es ejercer una real
empatía abriendo la Red para escuchar y registrar al otro, con la
confianza de saber que ese es el paso necesario para iniciar la
corriente empática interpersonal.
Y sin empatía, las personas,
familias y equipos no se sostienen. Si el otro es alguien a quien apenas
conocemos, toda la relación estará basada solo en el prejuicio. Y el
prejuicio no es una Red empática y viva, sino una dura malla de acero
que sofoca al individuo y a los grupos.
Libro: “Pensamiento en Red”
• Apple iBookstore: https://itunes.apple.com/…/…/pensamiento-en-red/id765713786…
• KoboBooks: http://www.kobobooks.com/…/book-hx6RQDb6lEiH1VFh…/page1.html

Por | 2015-02-24T17:40:00+00:00 24/02/2015|Categorías: Pensamiento en red|Sin comentarios

Sobre el autor:

Médica, psicoanalista, consultora en creatividad, innovación y redes humanas.

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