El Ser, un equipo heterogéneo

La
capacidad de integrar contradicciones es signo
de
madurez y calidad del desarrollo personal. La necesidad
de
aislar aspectos que no se desean ver en la realidad
o
reconocer en sí mismo reflejan a  un Ser
débil
o
inmaduro, que se fractura ante la presión de los conflictos.
DEFINIENDO
AL YO
Con frecuencia escuchamos
hablar del Yo de una persona. Y tratamos de imaginar un lugar, un núcleo donde
ese Yo se esconde, o una actitud en que ese Yo se expresa.
También decimos “tiene un gran
ego” cuando alguien se muestra muy seguro de quién es o, en el peor de los
casos, cuando se cree el centro del mundo.
Aunque desde la psicología se
puede interpretar de diferentes maneras, para el tema que nos ocupa nos
referiremos al Yo como a una función de la mente, la función de síntesis, la que reúne nuestras
distintas facetas en una unidad. Esa función es ventajosa en la medida en que
nos permite sentirnos coherentes y consistentes, pero tiene su riesgo: que para
ser “de una sola pieza” nos exija dejar afuera aquellos aspectos
contradictorios y a veces más interesantes de nuestra personalidad.
Cuando dos o más tendencias
entran en conflicto, nos muestran la riqueza y complejidad de nuestra
personalidad y la diversidad de nuestras emociones y experiencias. Si nos
obligamos a silenciar algunas de las voces de nuestro “equipo interno”, nos
perdemos el potencial de encontrar soluciones alternativas a los conflictos, y
nos empobrecemos con actitudes rígidas y estereotipadas. Al simplificar, mutilamos
la complejidad de nuestro Ser.
EL
SER TAMBIÉN ES UNA RED
“Debemos
ver que todo ser, incluso el más encerrado en la más
banal
de las vidas, constituye en sí mismo un cosmos. Lleva en sí sus
multiplicidades
interiores, sus personalidades virtuales, una infinidad
de
personajes quiméricos, una poliexistencia en lo real y lo
imaginario,
el sueño y la vigilia, la obediencia y la trasgresión,
lo
ostentoso y lo secreto… Cada uno contiene en sí galaxias
de
sueños y fantasmas, impulsos insatisfechos de
deseos
y de amores, abismos de desgracia, inmensidades de
indiferencia
congelada, abrazos de astros de fuego…”.
Edgar
Morin
Los
siete saberes necesarios para la educación del futuro
El Ser es la persona total, y
se constituye desde variadas fuentes: modelos de identificación, valores
familiares y sociales, experiencias positivas y negativas, aptitudes y
limitaciones. Y, más adelante, los conocimientos que se irán adquiriendo a lo
largo de la vida.
Desde esa red de elementos que
interactúan entre sí, cada persona percibe, piensa y actúa.
Pero ciertas identificaciones
demasiado rígidas y aquellos valores que nos parecen incuestionables generan
zonas duras de la personalidad que se cristalizan, empobreciendo la red.
Otras veces las zonas rígidas
se forman por el intento de mantener un equilibrio que ya nada vuelva a desestabilizar,
aun al precio de dejar inmóviles parte de los propios recursos.
Esas partes del Ser pierden
flexibilidad, sensibilidad, permeabilidad y adaptabilidad a lo nuevo. A lo
largo de los años, esta “artrosis” de la personalidad nos transforma en caricaturas de nosotros mismos, en las que
solo se destacan a gruesos trazos nuestros defectos y virtudes.
Virtudes que llevadas a un
exceso, son también otros tantos defectos.
Y no es casual que sean esos
rasgos de carácter, marcados y exagerados, los que nos impiden entrar en
sintonía con los otros. En otras palabras, los que nos hacen difíciles, poco
dúctiles, a veces hasta insoportables para los demás.
Lo notable es que la rigidez
en la forma de ser y la tensión en las actitudes son siempre consecuencia de zonas
débiles e inseguras que a veces arrastramos desde nuestra historia.
Al igual que pasa con el
cuerpo, cada zona débil activa la tensión en una región compensadora. La
debilidad en los músculos de la espalda lleva a la contractura de las
cervicales. La debilidad de los abdominales al dolor de cintura; la de los
cuádriceps, a los dolores de rodilla.
Y para peor, ante cada nueva
situación en la que nos sentimos débiles, reaccionamos con más tensión y en un
círculo vicioso, neutralizamos la posibilidad de aprender y crecer. Así
perdemos conectividad y apertura, perdemos la red.
CÓMO
SE ORIGINA EL SER
Desde el comienzo de la vida
tendemos a constituirnos en una unidad.
Allí la imagen, la palabra, la
presencia viva de los otros, sostienen y acompañan la integración del Ser, en
un sistema dinámico que articula la mente, las emociones y el cuerpo.
Estas tres fuentes entramadas
constituyen el tejido vital que tendrá que ser capaz de contener y absorber
todas las nuevas experiencias a lo largo de la vida.
Los individuos y las
organizaciones son seres vivos, con un potencial dinámico de integración, pero
conservan la capacidad de volver a estados de menor integración, más laxos y caóticos.
Es en esos estados donde se hacen posibles el crecimiento y el cambio.
Comenzar a desarrollar un
Pensamiento en Red es aprender a sostener y tolerar el desorden creativo,
evitando la cohesión simplificadora y preservando la energía de la diversidad.
SER,
HACER, TENER Y LOS CAMINOS DEL ÉXITO
Cuando no estamos fragmentados
en diferentes roles, hay una continuidad entre lo que somos y lo que hacemos, y
el hacer deriva naturalmente del Ser. En esos estados, todo lo que hacemos nos
hace crecer como personas totales.
Por el contrario, cuando
hacemos compulsivamente como forma de huir de nosotros mismos o de demostrar lo
que no somos, nos vamos empobreciendo y perdiendo el sentido de realidad de
nuestra vida.
La persona integrada se siente
libre, autónoma, responsable y confiada en su capacidad de aportar algo al
mundo que lo rodea. En cambio, cuando representamos un rol, nos sentimos a la
vez vulnerables y prisioneros.
El adulto sano es capaz de
hacerse cargo de sus pensamientos, actos y decisiones, de reconocer sus logros
y de aceptar las consecuencias de sus errores y fracasos, sin necesidad de
depositar en los otros sus aspectos idealizados o desvalorizados. También
dispone de la capacidad de jugar y el humor como espacio mental y verbal en que
la persona se siente libre y es capaz de transmitir esa libertad a los que lo rodean.
A su vez, el Ser integrado
también se relaciona de un modo especial con el tener. Cuando la autoestima se
sostiene en variadas fuentes de su propia historia, saberes y experiencias, los
logros no son simples disfraces, títulos o trofeos, sino auténticos derivados
de la persona total. El éxito vacío, en cambio, como un globo inflado, es
siempre angustiante, ya que nos hace sentir amenazados ante la menor crítica o
error.
Existen momentos en la vida en
que recortamos alguna faceta de nuestra personalidad en busca de un objetivo
lineal. El machismo de los varoncitos de diez años, por ejemplo, proviene de la
necesidad de remarcar los rasgos varoniles con el fin de asegurarse una
identidad masculina. Se burlan de las nenas y si tocan una muñeca, lo hacen con
evidente desprecio o como si tuvieran miedo de contagiarse de algo. Pero luego
de la adolescencia, su masculinidad solo será completa si logran reincorporar
aquellos aspectos de los que renegaron. Eso los hará mejores hombres, mejores
padres y mejores amantes. Y más sensibles, creativos y empáticos.
Del mismo modo, a veces
renunciamos a nuestra parte más informal o bohemia para asumir un trabajo de
gran responsabilidad y exigencia. Y, al pasar el tiempo, descubrimos que
estamos atascados, sin poder seguir avanzando en nuestro desarrollo, justamente
porque nos faltan la fantasía y la libertad de improvisar. La pauta de
fragmentación nos aleja de nuestros recursos genuinos.
A lo largo del crecimiento
laboral, muchos renuncian o hasta reniegan de sus talentos innatos y
habilidades no convencionales. Luego, no entendemos por qué se sienten sin
energía, pasión o recursos. Sus jefes buscan incentivarlos con estímulos,
premios y castigos, cursos de motivación, sin resultados positivos.
En realidad la madurez solo es
posible cuando volvemos a integrar esas facetas descartadas, reabriendo los
canales clausurados, recuperando lo perdido en la formación especializada, los
talentos ocultos o acallados, las raíces familiares y culturales de cada uno.
Cuando nuestros soportes son
múltiples y variados, estamos en red. Y cuanta más red tenemos, más seguros y
confiados nos movemos. Y el sentimiento de continuidad, de seguir siendo
quienes somos, nos permite relajarnos y cambiar.
VARIOS
PERSONAJES EN BUSCA DE UN LÍDER
Estamos constituidos por
numerosos y disímiles personajes internos, un precipitado de cualidades, defectos
y actitudes de todos los modelos que hemos tenido a lo largo de nuestra vida.
En cada uno de nosotros, este elenco con
el que representamos nuestro guión interno
será diferente. Y sin embargo, hay algunos personajes que son arquetípicos: el
censurador, el atrevido, el tímido, el insatisfecho, la parte femenina en el
hombre, el varoncito en cada mujer.
Cuando aprendemos a
identificar a nuestros diferentes personajes, recuperamos la energía de los
opuestos, que habitualmente se neutralizan. Si nos tomamos el tiempo de
escuchar todas la voces, en cada decisión surgirá un “líder natural” que
llevará la voz cantante.
Lo notable es que, si los
reconocemos y trabajamos con ellos, los personajes evolucionan. Algunos se
alejan y aparecen nuevos, otros maduran y se vuelven más sabios.
EXISTENCIA
Y CREATIVIDAD
“He
intentado no hacer nada en la vida que
pudiera
avergonzar al niño que fui”.
José
Saramago
Las
pequeñas memorias
El sentimiento de estar vivos
está ligado a la oportunidad de funcionar creativamente. Cuando este impulso no
existe o se ha perdido, surgen el vacío y la sensación de que la vida no tiene
sentido.
Ante la dificultad de sentirse
existir, la alternativa será vivir reaccionando; pero reaccionar interrumpe el
existir y aniquila el desarrollo de la persona. En estos casos, la imaginación
está empobrecida y en su lugar observamos una compulsión a hacer cosas
concretas y una necesidad permanente de estímulos externos.
A veces, estas personas
parecen “prometedoras”, y hasta pueden alcanzar grandes logros. Sin embargo, en
las relaciones afectivas, en aquellas situaciones en las que hace falta una
persona integral, comienzan a fallar. Fracasarán probablemente en la relación
con los hijos, en la intimidad afectiva y en las facetas de su trabajo que
precisan de la espontaneidad.
Pueden ser mentes brillantes
pero desconectadas del cuerpo y las emociones, delineando un perfil reconocible:
pensamiento lineal y desconexión de los afectos, frecuentemente acompañada de
trastornos psicosomáticos.
Esto los hace más vulnerables
al estrés, originado en una relación permanente y agotadora con los estímulos,
con pérdida de la posibilidad de conectarse consigo mismos.
Estas personas viven con la
amenaza permanente del propio derrumbe, que a veces puede concretarse en la
realidad. El mundo observa logros en una personalidad exitosa, y puede
resultarle difícil creer en el real sufrimiento de ese individuo, que se siente
más falso cuanto más triunfa. La sensación de impostura es permanente, así como
la vivencia de la propia vulnerabilidad.
Algunas personas que fueron
creativas en distintos momentos de su vida perdieron esa posibilidad. Ciertas
experiencias, o las exigencias y limitaciones impuestas por la realidad social
o laboral, pueden ser la causa de esta devastación. Son personas que padecen un
intenso sufrimiento al recordar y añorar aquella capacidad perdida.
Sin embargo, la creatividad,
aun dañada o reprimida, nunca es destruida totalmente, sino que se mantiene
escondida.
EL
SER Y LOS OTROS: SHOW
OFF
Y
EMPATÍA
Todos necesitamos del
reconocimiento de los otros como parte de nuestra autovaloración y bienestar.
Lo notable es que, si una persona no ha recibido durante su infancia una
respuesta empática –a través de la mirada de los adultos – esto no solo dañará
su propia capacidad de empatizar con otros, sino que generará una extrema avidez por obtener grandes dosis de empatía por parte del entorno actual,
de la que dependerá como de una droga.
Recuerdo una anécdota de Fernando,
un actor teatral muy exitoso que se había hecho tan dependiente del
reconocimiento que ya no toleraba la menor fisura en su vivencia de triunfo
absoluto. Un día pudo expresarlo de este modo: “Veo la sala colmada de público
y me siento poderoso. Pero de repente registro una sola butaca vacía y es como
un agujero negro que me traga, y ya todo pierde sentido”.
En determinadas
circunstancias, todos podemos enfermarnos de adicción al reconocimiento.
En esos momentos buscamos
torpe y desesperadamente ser valorados por el otro, y este reconocimiento
forzado se provoca de diferentes maneras, cada una con sus previsibles
consecuencias.
Algunos se muestran débiles o
atormentados. En este caso, se genera un acercamiento, pero rápidamente el
recurso se agota y el otro huye.
Están también los que regalan
o auxilian compulsivamente a los otros.
Allí se activa la avidez de
los demás, y el sentimiento del “altruista” de estar siendo usado. En realidad,
es el donante quien usa a los otros como proveedores empáticos, y al
manipularlos con ofrendas genera una adhesión por interés.
Otros exhiben sin pudor sus
propias cualidades, aptitudes y logros. Si los logros son ficticios o
superficiales, solo provocarán la risa y el ridículo. Pero si son reales,
aparecerán la envidia y los ataques agresivos.
Así, resulta que la necesidad
compulsiva de empatía se expresa por un exceso en pedir, dar y mostrar, y se pierde la capacidad de mirar, intuir, comprender.
En todos los casos, el emisor
está desconociendo o desconsiderando las necesidades del receptor, al que usa
como espejo y no en su espesor humano.
Si estas personas logran
comprender lo que les sucede, descubrirán que la única alternativa ante la
propia necesidad empática es ejercer una real empatía, abriendo su red para
escuchar y registrar al otro, con la confianza de saber que la corriente
empática continuará fluyendo también hacia él.
Y sin empatía, las personas,
familias y equipos no se sostienen. Si el otro es alguien a quien apenas
conocemos, toda la relación estará basada solo en el prejuicio. Y el prejuicio
no es una red viva, sino una dura malla de acero que sofoca al individuo y a
los grupos.
Capítulo 9, extraído del libro: “Pensamiento en Red. Conectando ideas, personas y proyectos”. Dra Sonia Abadi


Por | 2016-05-16T18:04:00+00:00 16/05/2016|Categorías: Pensamiento en red|Sin comentarios

Sobre el autor:

Médica, psicoanalista, consultora en creatividad, innovación y redes humanas.

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