Hace unos años me tocó dar una capacitación en innovación a un grupo de jóvenes emprendedores nikkei. Se llama nikkei a los japoneses de la diáspora, los que viven fuera de Japón. Al llegar a fin de año, una de las participantes nos trajo un regalo a cada uno. Se trataba de unas bolitas de color rojo, en las que estaba pintada una cara con bigote, barbita, y en el lugar de los ojos, dos espacios redondos en blanco. Allí me contaron que a esos amuletos de origen japonés se los llama Darumas. La leyenda detrás de los Daruma habla de un monje que recorrió India, China y Japón, y que sería el fundador del Budismo Zen. Estos Darumas que simbolizan la perseverancia, se regalan para el año nuevo y representan la determinación, la fuerza y el éxito. ¿Cómo se los usa? Se elige un deseo, proyecto o propósito para el año que comienza y se pinta el ojo izquierdo, como recordatorio y motivación para cumplir esa meta. Recién cuando se cumpla lo deseado, se podrá pintar el ojo derecho.
¿Superstición? ¿Magia? ¿Credulidad? Me lo pregunté. Tomé mi Daruma y me propuse activar el ritual. Allí me di cuenta de varias cosas. Lo primero es que tuve que revisar mis deseos y propósitos para ese año y priorizar el más importante para mí. Una vez decidida, la acción de pintar el ojo. Luego, como lo indica el ritual, lo coloqué en un lugar bien visible para no olvidarme de mi propósito. Allí entendí que al haber pintado el ojo se había activado en mí una expectativa o ilusión que fortalecía mi deseo. Pero a la vez, al encontrarlo ante mis ojos cada día, me acompañó en mi determinación de cumplir lo que me había propuesto. El efecto emocional e intelectual de la expectativa y el propósito cumplieron su objetivo. Antes del año, pinté el ojo derecho.
Me considero un ser racional, con una mente lógica y científica. No creo en milagros, pero sí en el poder del compromiso con los propios deseos y  la eficacia de una mirada ampliada que permita descubrir oportunidades y encontrar sincronicidades.