Adrenalina: La droga del miedo

La palabra “adrenalina” deriva de las raíces latinas “ad” y “renes” que literalmente significa “junto al riñón”, en referencia a la ubicación anatómica de la glándula suprarrenal en el riñón. La adrenalina, también conocida como epinefrina por su Denominación Común Internacional (DCI), es una hormona y un neurotransmisor, que incrementa la frecuencia cardíaca, contrae los vasos sanguíneos, dilata los conductos de aire, y participa en la reacción de lucha o huida del sistema nervioso simpático. Médica, psicoanalista e investigadora en innovación y redes humanas, Sonia Abadi ofrece una visión muy completa sobre tan delicado tema.
Creemos que adrenalina es energía, excitación, motivación. En realidad, la adrenalina es la hormona de la lucha, y es por lo tanto una respuesta física ante situaciones que producen miedo.
La percepción de un peligro genera el envío de adrenalina al torrente sanguíneo, operando como un “saque” de estimulantes, que permite una rápida reacción y prepara para el ataque y la defensa.
En el estado de estrés agudo, esa adrenalina produce una redistribución de los volúmenes sanguíneos: disminución en la piel y en otros órganos y aumento en el corazón, cerebro y músculos, a fin de aprontarlos para la lucha. Es por eso que a veces sentimos las manos y los pies fríos, y calambres en el estómago, que se quedan sin suficiente irrigación.
La adrenalina es como una “droga” interna de emergencia, que no debe activarse en forma permanente, ya que lleva al estrés crónico.
Entre otras consecuencias, su “uso” por largos períodos produce problemas digestivos y el llamado síndrome metabólico, con hipertensión arterial (riesgo de infarto cardíaco y cerebral), aumento del colesterol, acumulación de grasa en el abdomen, disminución de la potencia sexual y trastornos en la alimentación.
También, deterioro del cerebro y déficit inmunológico.
Aparecen complicaciones del sueño: insomnio o “desmayarse de sueño” por agotamiento. No hay verdadero descanso ni relajación durante el dormir.
Los estudios refieren tres perfiles psicológicos según el modo de reaccionar al estrés.
> El tipo A define a las personas competitivas, agresivas y controladoras. Estas personas tienen mayor riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares.
> El tipo B corresponde al individuo relajado, tranquilo, confiado, atento tanto al bienestar personal como a las relaciones interpersonales y a la expresión de sus emociones, incluyendo las hostiles. Y son aquellos que tienen menor riesgo de enfermar física y mentalmente.
> El tipo C corresponde a personas pasivas, introvertidas, con conductas de sometimiento y bloqueo en la expresión de las emociones.
En estas personas el estrés genera una coraza defensiva para protegerse de la inundación de estímulos, cierra la malla de la red. Se desconectan y llevan puesta una escafandra virtual, aislándose defensivamente en una especie de autismo que los hace impermeables a los otros y la realidad, sin conexión con sus pensamientos, sueños e ideas creativas. Son los que “se tragan el veneno” y son propensos a las alergias, las enfermedades respiratorias y el cáncer.
En los últimos años, un grupo de investigadores de la Universidad de Yale descubrió que el estrés activa la producción de la enzima PKC, que genera un déficit en el pensamiento, en la capacidad de planificación, y en el juicio y la memoria. Esta enzima genera también impulsividad, desconexión de la realidad y alternancia entre estados de euforia y depresión.
En el nivel cerebral, el exceso de adrenalina destruye las conexiones entre las neuronas, y esto se refleja en el pensamiento, reduciendo la conectividad entre las ideas.
Estos nuevos estudios demuestran que en situaciones de estrés se pierde la perspectiva, se toman decisiones por miedo o desesperación, se evitan o se niegan datos perturbadores. Y aparecen también los llamados ataques de pánico por vivencias de desamparo y despersonalización.
Además, al desacelerar, la falta de adrenalina genera sentimientos de agotamiento, vacío y depresión. Y para mantener un alto rendimiento, se comienzan a usar otro tipo de estimulantes: comer y beber en exceso, consumir tabaco, psicofármacos, y en algunos casos drogas, deportes de riesgo o juegos de azar. Cualquier estímulo que active o reemplace la producción de adrenalina.
El Pensamiento en Red colapsa y aparece el pensamiento operatorio, una actividad mental que resuelve cuestiones prácticas, pero que no genera profundidad y riqueza en las ideas.



Los doctores Pierre Marty y Michel de M’Uzan, creadores del concepto de pensamiento operatorio, afirman que este funcionamiento es característico de algunas personas con un déficit emocional severo, pero que existen también formas de pensamiento operatorio, carente de conectividad, en personas sanas expuestas a elevadas exigencias. Ocurren por una presión externa y actual, ya que el individuo, condenado a recurrir casi exclusivamente a un funcionamiento mecánico, pierde la capacidad de procesar, de fantasear y de cualquier expresión creativa y liberadora.
POR DRA. SONIA ABADI
Publicado en Urgente24.com el 19/10/16
Por | 2016-10-20T18:19:00+00:00 20/10/2016|Categorías: Pensamiento en red|Sin comentarios

Sobre el autor:

Médica, psicoanalista, consultora en creatividad, innovación y redes humanas.

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